jueves, 24 de noviembre de 2016

ALAS ROTAS

Las risas cesaron, los tiernos labios con un piquito en el medio del superior permanecen sellados. De los brincos de alegría quedaron solo algunas fotos e imágenes en el recuerdo. Sucedieron saludos y despedidas con besos, mera costumbre. Ante un abrazo ella sentía ausencia, encierro, un no-me-importa-nada, o todos ellos juntos. La habitación oscura era una guarida, el lugar predilecto, detrás de la puerta.
Los días se sucedían a gran velocidad, ella debió siempre lidiar con muchas obligaciones. Cuando se dio cuenta del cambio, un cambio radical, parecía no haber quedado vestigio de lo que era en el pasado.

Dejó de seducirse por el contador de cuentos, restó atención a sus demandas, y con ese pedazo de tiempo se acercó a esa imagen huidiza en blanco y negro, carente de sensibilidad y de interés. Eso no logró desanimarla, más aún aumentó su deseo de acercarse, de lograr su confianza nuevamente, como principito al zorro, un poco cada día, un centímetro más cada vez. Se hacía pequeña, vulnerable, para evitar que la temiera, se arrancó las uñas para que no dudara de que pudiera arañarla, se convirtió en invertebrado para evitar que temiera ser aplastada por ella, siguió a su lado sin reclamarle nada, solo recordando su esencia. Por un tiempo pareció que aquello no servía de nada. Al menos la dejaba estar a su lado, quizás solo porque no molestaba y era inofensiva. Ella se conformaba con que la dejara observarla desde su mundo en blanco y negro, y la dejara acceder a su guarida a acompañarla en silencio, tal vez intercambiar unas palabras…

Un pabilo sin gracia que se trasporta tieso y se deja caer en el hermoso sillón ergonómico, sin siquiera poder apreciar ni disfrutar su belleza y diseño, con los ojos dormidos o mirando hacia adentro. Ella la observa con la esperanza de que regrese, la llama con su presencia, con su mirada, con su sonrisa, con un te-quiero, pero sin abrazarla ni acercarse mucho por miedo a que huya más lejos, por miedo a lastimar sus heridas, que parecen muy serias. 

Como un relámpago a veces aparece risueña, se asoma por sus propios ojos un instante y vuelve. Ella feliz por estos signos, redobla su apuesta, tomó un puñado de confianza y se acerca un poco más, hasta que logró ver sus heridas, eran sus alas, están hechos añicos, rotos en mil pedazos, llena de sangre oscura, seca, nadie se lo había curado. Porque prefirió ocultarla para olvidar que su capacidad de volar se lo han cercenado. Fue de a poco que me rompió las alas mamá, le comenta. Es el contador de cuentos, el que a vos te mantiene hipnotizada.
Ella susurra al mismo tiempo que las lágrimas contenidas por tanto tiempo se volcaron en el rostro, ¡hay mujer!, te prometo que nuestra historia va ser diferente a partir de hoy. Se abrazaron fuerte y prometieron en silencio no darse por vencidas, ella cubrió sus heridas y con rezo apeló al milagro, regó con lágrimas de amor y esperanza hasta que brotaron nuevas alas, con muchas cicatrices, un poco torpes al comienzo, porque eran nuevas. Hoy se despliega con gracia y color, borrando con sus movimientos los trazos oscuros que dibujaron una etapa de dolor y pena que quedó en el pasado, dejando marcas imborrables como recordatorio de lo que nunca más debe soportar. Ella aprendió, que para la resiliencia del ser, solo se requiere confianza y calor humano.

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