ALAS ROTAS
Las risas cesaron, los
tiernos labios con un piquito en el medio del superior permanecen sellados. De
los brincos de alegría quedaron solo algunas fotos e imágenes en el recuerdo.
Sucedieron saludos y despedidas con besos, mera costumbre. Ante un abrazo ella
sentía ausencia, encierro, un no-me-importa-nada, o todos ellos juntos. La
habitación oscura era una guarida, el lugar predilecto, detrás de la puerta.
Los días se sucedían a
gran velocidad, ella debió siempre lidiar con muchas obligaciones. Cuando se dio cuenta del cambio, un cambio radical, parecía no
haber quedado vestigio de lo que era en el pasado.
Dejó de seducirse por
el contador de cuentos, restó atención a sus demandas, y con ese pedazo de
tiempo se acercó a esa imagen huidiza en blanco y negro, carente de
sensibilidad y de interés. Eso no logró desanimarla, más aún aumentó su deseo
de acercarse, de lograr su confianza nuevamente, como principito al zorro, un
poco cada día, un centímetro más cada vez. Se hacía pequeña, vulnerable, para
evitar que la temiera, se arrancó las uñas para que no dudara de que pudiera
arañarla, se convirtió en invertebrado para evitar que temiera ser aplastada
por ella, siguió a su lado sin reclamarle nada, solo recordando su esencia.
Por un tiempo pareció que aquello no servía de nada. Al menos la dejaba estar a
su lado, quizás solo porque no molestaba y era inofensiva. Ella se conformaba
con que la dejara observarla desde su mundo en blanco y negro, y la dejara
acceder a su guarida a acompañarla en silencio, tal vez intercambiar unas
palabras…
Un pabilo sin gracia
que se trasporta tieso y se deja caer en el hermoso sillón ergonómico, sin
siquiera poder apreciar ni disfrutar su belleza y diseño, con los ojos dormidos
o mirando hacia adentro. Ella la observa con la esperanza de que regrese, la
llama con su presencia, con su mirada, con su sonrisa, con un te-quiero, pero
sin abrazarla ni acercarse mucho por miedo a que huya más lejos, por miedo a
lastimar sus heridas, que parecen muy serias.
Como un relámpago a veces aparece risueña, se
asoma por sus propios ojos un instante y vuelve. Ella feliz por estos signos,
redobla su apuesta, tomó un puñado de confianza y se acerca un poco más, hasta
que logró ver sus heridas, eran sus alas, están hechos añicos, rotos en mil
pedazos, llena de sangre oscura, seca, nadie se lo había curado. Porque
prefirió ocultarla para olvidar que su capacidad de volar se lo han cercenado.
Fue de a poco que me rompió las alas mamá, le comenta. Es el contador de cuentos, el
que a vos te mantiene hipnotizada.
Ella susurra al mismo tiempo que las lágrimas contenidas por tanto tiempo se volcaron en el rostro, ¡hay mujer!, te prometo que nuestra historia va ser diferente a partir de hoy. Se abrazaron fuerte y prometieron en
silencio no darse por vencidas, ella cubrió sus heridas y con rezo apeló al
milagro, regó con lágrimas de amor y esperanza hasta que brotaron nuevas alas,
con muchas cicatrices, un poco torpes al comienzo, porque eran nuevas. Hoy se
despliega con gracia y color, borrando con sus movimientos los trazos oscuros
que dibujaron una etapa de dolor y pena que quedó en el pasado, dejando
marcas imborrables como recordatorio de lo que nunca más debe soportar. Ella
aprendió, que para la resiliencia del ser, solo se requiere confianza y calor
humano.